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En la Pintura. En la Escultura. En la Arquitectura. En el Cine. En la Alta Costura. En otras artes y campos de la expresión del talento humano, el resultado de un largo y, a veces doloroso, proceso de creación es tan espectacular y bello a primera vista que el espectador queda abrumado, maravillado y prendado gracias al sentido de la vista.

En un solo instante quiere seguir indagando y satisfaciendo su curiosidad al tiempo que, en esa búsqueda, la propia contemplación de la obra es placentera. Cada detalle; los brillos; las expresiones de los rostros; el realismo con que se ofrece un objeto sobre el lienzo… Y, en ese momento de admiración, uno se asombra por aquello que el ser humano es capaz de hacer.

En un instante, al espectador se le ofrece la bondad de la obra y no puede haber intermediario que manipule su opinión. Porque sobre una realidad palpable no hay razón que convenza sino emoción que anonada.

Sin embargo, una obra literaria queda atrapada en las hojas. El formato de un libro puede esconder tesoros como ésos que están ocultos en el fondo del mar. Y… han de ser descubiertos. Y, cuando eso sucede, el lector que dobla la tapa y luego pasa la primera página y luego la segunda y la tercera y la cuarta y sigue, empieza a comprender que ha entrado en un universo diferente y puede suceder que empiece a comprender que ese universo es también el suyo propio. Y se maravilla. Porque aquello que lee narrado sobre las hojas blancas son los sentimientos y las emociones de él mismo. Las suyas propias. Porque, a veces, sólo en las hojas blancas y bajo el pretexto de la Literatura, se puede hablar de lo que en la vida cotidiana no. Se puede contar lo íntimo del ser humano que lo políticamente correcto marca la convivencia social. Y lee aquellas cosas de La Vida de las que realmente quiere hablar. Aquellas que le preocupan. Aquellas en las que está interesado. Y se establece un vínculo entre escritor y lector. Una red de comunicación por la que circula un consenso de muchos. Es ésta la universalidad de la Literatura. La capacidad de poner en relación a unos con otros sobre aquellos aspectos de los que realmente nos interesa hablar. Es la necesidad vital del escritor la que impele a escribir. Una necesidad de mostrar y contar lo que ve y cómo siente el mundo. Una necesidad a vida o muerte.

“El Dios de Las Praderas Verdes” es una obra resultado de muchas horas de investigación, estudio histórico, documentación y observación constante de la realidad. Un trabajo que yo empecé hace cuatro años con la idea de que terminara en algo trascendente en el tiempo. De calidad y valor. Es un trabajo minucioso que ha buscado la excelencia. Cada metáfora, cada comparación son, en este libro, el delicado esmero con el que un orfebre ha llevado a cabo su obra.Espero que lo lean; se deleiten y que, al final, en la última hoja, sientan una profunda melancolía por haber acabado y cierren el libro con el alivio de saber que ha cambiado su vida.

María José Celemín.

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