
Cuando era niña, llegó a Castronuño un vagabundo que durmió al raso. Yo le dije a mi madre que podía dormir en una de las habitaciones de la casa de la abuela para que estuviera calentito. Mi madre me dijo que aquello no podía ser.
Podría presentarme como una licenciada en Derecho por la Universidad de Valladolid, máster en administración de empresas por ICADE en Madrid, o asesora fiscal en los primeros años de vida laboral, sin embargo, desde el principio siempre tuve claro que no quería ser la directora de ninguna organización.
Recuerdo el día que, subida en una ladera del Central Park, leía la carta de mi tío Julián, un capitán retirado del ejército, que me aconsejaba que volviera a Valladolid, dejara de preocupar a mis padres, me sacara una oposición y empezara a trabajar en la la administración de Castilla y León.
Yo leía la carta con agrado porque ellos eran muy cariñosos, pero esbozaba una sonrisa de lado a lado sintiéndome a salvo, océano por medio, de todo aquello.
Recuerdo perfectamente que aquel día llevaba una camisita de cuadros verdes y naranjas que hacía juego con la mochila en la que había metido comida para explorar cada rincón de Central Park.
Pocos años más tarde, cuando regresé de Nueva York a Valladolid y sentí aquel vacío existencial tan abismal, fue cuando me vi obligada a empezar a escribir "El Dios de las Praderas Verdes", para averiguar por qué en Nueva York había sido libre, querida, segura y amada, y en Valladolid era lo contrario. Tenía que, como dijo Juan José Millás con el libro de Nevenka, desvelar aquello que no me habían contado. Y, de ahí, la tercera parte del libro, "Nueva York, en casa".
En el Nueva York de finales de los 90 podías ir andando tranquilamente por la calle a las doce de la noche y las iglesias, que abrían a las seis de la mañana, daban cobijo a homeless que arrastraban la lluvia y encontraban consuelo.
Las dos residencias de monjas en las que compartí techo con docenas de otras mujeres jóvenes de todas nacionalidades tenían capillas grandes y luminosas con la imagen de un Jesús sereno recién resucitado.
De este modo, cuando regresé a Valladolid y me encontré de nuevo con las iglesias cerradas y los cristos sangrantes para atemorizar, me vi atrapada y sin salida en aquel lugar que me había echado, donde había tenido una relación con un chico que hablaba bien de Franco y de Hitler, que decía que yo era una roja, una caliente y una ecologista, y que a las mujeres libres como yo él las enviaba al psiquiatra, y donde, además, años antes, en Castronuño, había sido víctima del acoso de otras adolescentes.
Recuerdo aquellos días recién llegada de Nueva York como si me hubiese caído de un décimo piso. En mi propio país, pero como si estuviera sin techo, sin hogar y sin seguridad. Recuerdo que iba al mirador de Castronuño desde el que se divisa el monte de encinas y trataba allí de encontrar consuelo.
Buscaba la Fe de mi abuela Vale, que ya había muerto. Recordaba cuando las dos juntas rezábamos el rosario en la finca de mis padres y, a su lado, pasase lo que pasase, yo me sentía segura. Pero lo único que yo sentía en aquellos momentos era que podía morir de un momento a otro y que me iría a la nada, al abismo. Recuerdo sentirme flotando por un universo negro desconectada de todo.
Sí, era la sensación de orfandad que deja tras de sí la religión, la Iglesia Católica y las instituciones vacías de contenido, alejadas del mensaje original de Jesús y de los profetas. Y la sensación de desconexión con tu propia comunidad cuando has sido víctima de acoso. Yo era tierna, sensible, compasiva y bondadosa. Una diana fácil para adolescentes y jóvenes que se ven empoderados en una sociedad y en unas instituciones regidas por la violencia, el odio, la crueldad y el sadismo.
Empecé a tener ataques de pánico y crisis de ansiedad y un médico, lejos de reconocer la realidad de la situación angustiante que estaba atravesando, y desde su mirada integrista, misógina y de corto alcance, me dio un fármaco que se llama Seroquel, que es para bipolares, y que estuvo a punto de matarme.
Recuerdo la noche en la que mis padres me llevaron de urgencias al médico. Se me estaba yendo la vida. Miré a mi madre. Aquel pudo ser el último momento.
Tenía que poner todo aquel desastre en orden y empecé a escribir.
Recuerdo verme cada mañana frente al papel en blanco y expresar mis sentimientos más profundos y auténticos como un ser humano. Mientras escribía estaba tan absorta en contar sobre el papel aquello que era tan importante para mí, que perdía la noción del tiempo y me olvidaba de las preocupaciones cotidianas. Y, cuando terminaba y había dejado escrito todo lo que sentía como ser humano, entonces, experimentaba una sensación de alivio, bienestar y satisfacción. El alma se esponja. El cerebro se oxigena. Sabía que aquello que había escrito y que era tan importante para mí sería, de la misma forma, para otros, y un modo de compartir las mismas emociones como seres humanos.
Sabía que otros, al leerlo, sentirían lo mismo que yo sentí al escribirlo.
Tenía que explicarme y entender, además, por qué había sido diana de las burlas y la violencia de otras chicas, aquí en Castronuño, cuando éramos adolescentes. Y es ahora cuando empiezo a ser consciente de que las personas con bondad y compasión en su corazón son eliminadas, silenciadas, borradas y desaparecidas desde que son niños y niñas, adolescentes y jóvenes, para dejar sólo paso a la gente sin escrúpulos que, finalmente, termina rigiendo las sociedades.
De esta forma leí algunos de los libros escritos por Francesco Alberoni sobre las emociones humanas y, leyéndolo, pude identificar el miedo que yo experimenté cuando fui intimidada por otras adolescentes, que me hicieron sentir desconectada de la reserva natural. Aquella naturaleza indómita en la que yo siempre había encontrado mi hogar, mi santuario y mi fortaleza. Leyendo a Alberoni pude identificar, también, la emoción de la envidia que otra adolescente había sentido cuando yo me transformé en una joven bonita que gustaba a los chicos.
Los primeros capítulos los escribí desde lo más profundo y auténtico de mi corazón como ser humano y son pura poesía que describe toda aquella belleza y toda aquella Naturaleza en la que la niña Victoria, la protagonista del libro y mi alter ego, ve a Dios manifestado en esa abundancia.

Al llegar de Nueva York, al buscar desazonada a mi abuela, al tratar de encontrar razones y poner todo en orden, empecé a recordar aquellas mañanas de verano en las que mi hermano Esteban y yo íbamos en bicicleta, carretera de Toro abajo, serpenteando por esas curvas sinuosas y adentrándonos en el vergel de chopos, álamos y carrizo que lleva hasta la encrucijada de la presa de San José. Allí siempre parábamos a beber agua de la fuente. Y en esos momentos y en ese lugar, cuando el sol resplandece sobre la superficie del río, por las mañanas, hay destellos como llamas, el tiempo se paraba y se abría la eternidad.
Entonces, era una niña feliz y fuerte en aquella naturaleza que me hablaba y yo a ella.
Los primeros capítulos describen toda aquella naturaleza donde yo era feliz y sentía aquel lugar como mi hogar y santuario. Tenía que explicar por qué las adolescentes, los adultos y lo establecido me habían arrancado de él. Por qué habían cortado la conexión con la tierra a la que pertenecía. Aquel Paraíso me reconocía como una mujer sensible, profunda, valiente, tierna, compasiva y creativa. Los demás se encargaron de destruir todas mis cualidades. Trataron de hacerme desaparecer.
Empecé a bucear en Google y encontré una tesis doctoral que había dirigido el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid, Pedro Carasa Soto, sobre las élites castellanas y las grandes sagas familiares de Valladolid y allí encontré los nombres y el círculo familiar, económico y de amistades del adolescente que me había tildado de roja, ecologista y libre y que da lugar al personaje de Vicente.
Con la novela, yo quería lanzar un mensaje universal. La bondad del corazón humano y la compasión con quien no se puede defender.
Una vez publicada, me llevó a conocer otras tradiciones espirituales como el Islam. Tengo que reconocer que fue una sorpresa descubrir que el Corán comparte la historia de Moisés en la sura Ta-ha y que aparecieron guías (en ese camino de la sabiduría perenne) que me ayudaron a despojarme de los fármacos que la medicina convencional me había suministrado en su intento por domesticar mi intelectualidad, mi espíritu femenino independiente y mi modo de ser compasivo.

La idea del paraíso islámico y del jardín de deleites y placeres donde van los creyentes me fascinó tanto que éste es el motivo de haber recreado dos pequeños jardines inspirados en la Alhambra, uno en la casa rural Beautiful Alamedas y otro en la eco-tienda Al-Kauthar (el árabe "la abundancia", la abundancia del caudal del río Duero que se ve desde aquí). Son jardines que he concebido como
lugares de oración.
Para orar por todos los inocentes víctimas de las atrocidades del mundo actual.
En el 2004 empecé a escribir El Dios de las Praderas Verdes en Valladolid y en el 2005 me vine a vivir a Castronuño
En el 2007 mi hermano Esteban apareció con un ejemplar de la revista Mente Sana en el que había una entrevista a Elaine Aron, que acababa de publicar su libro "Las Personas Altamente Sensibles, el Don de la Sensibilidad". Como me vi reflejada, leí el libro y contacté con Jacquelyn Strickland, que es la organizadora de los encuentros para Personas Altamente Sensibles.
Ella me estuvo informando a lo largo de los años sobre este rasgo y me dio recursos suficientes para hacer frente a la violencia del entorno.

En el 2011 Jacquelyn me invitó a presentar el libro en uno de los encuentros internacionales que organizó en Dorset en el Reino Unido. Lo traduje al inglés,
"The God of Green Valleys". Me acompañaron mi hermano y mi madre. Para Jacquelyn y para mí, "The God of Green Valleys" simboliza
el camino de regreso hacia mi identidad. Cuando recuerdo esos días allí soy consciente de que he recorrido el auténtico camino como ser humano.
"Nunca desestimes el poder de la cultura para devaluar, descorazonar o marginalizar tu yo auténtico. Nunca desestimes tu propio poder para reclamar tu auténtico ser". Jacquelyn Strickland.
Jacquelyn, además, me habló de los arquetipos de personas que yo había conocido en el camino y que me habían dado luz para seguir adelante.
En una ocasión me habló del arquetipo del "Trickster" y, entonces, para recoger información, investigué en Google y encontré el libro de Jean Shinoda Bolen, "Las diosas de cada mujer". Con la lectura de este libro descubrí que tengo en mi personalidad el arquetipo de Artemisa, la diosa de la caza y de la luna, y que las mujeres que encarnamos a Artemisa tenemos espíritu femenino independiente, desafiamos el estado mental del patriarcado, protegemos la Naturaleza, y defendemos a quien no se puede defender. Con la lectura del libro de Jean Shinoda Bolen, además, descubrí que tengo en mi personalidad el arquetipo de Afrodita, la diosa del amor y la belleza en el Olimpo griego, y que somos mujeres que ponemos nuestro modo enamorado sobre las cosas y las personas, que nos enamoramos con frecuencia y facilidad, que nos involucramos de forma intensa y apasionada en procesos creativos, y que transformamos la sustancia ordinaria en oro. Leyendo ésto pude entender por qué he transformado la casa de mis abuelos en Castronuño (una casa vieja y oscura) destinada al olvido y la he convertido en una casa alegre y luminosa. Y descubrí que, donde hay una mujer Afrodita, hay una Portadora de Visión, hay alguien que ilumina las cualidades de los otros y les ayuda a creer en sus sueños y a bendecirlos. Y que donde hay una mujer Afrodita hay una mentora, una unión del alma, una amistad profunda y una conexión empática.

Esto me llevó a proponer en el 2015 en el
Congreso Mundial Teresiano en la Universidad Mística de Ávila, en el marco del V Centenario del nacimiento de
Santa Teresa, una investigación sobre la santa analizando su personalidad desde el arquetipo de la
diosa Afrodita y de la diosa Hestia, y explicando cómo ella se involucró de forma intensa y apasionada en procesos creativos. Se involucró de forma intensa y apasionada en la fundación de conventos y, como mujer enamorada que se enamora con frecuencia y facilidad, se enamoró de Jesús para ir disolviendo su ego, como la
diosa Hestia. Las mujeres que personifican a la diosa Hestia son mujeres que permanecen en la retaguardia y no tienen afán de protagonismo, tienen una experiencia subjetiva muy intensa, se quedan absortas cuando meditan y, por muy perturbadoras que sean las circunstancias en el exterior, ellas permanecen en calma. De ahí la famosa frase de Teresa "Nada te turbe".

La conclusión final de esta investigación fue que las mujeres Afrodita, a lo largo de la Historia, han sido las Portadoras de Visión para que muchos hombres alcancen sus sueños, pero que las mujeres Afrodita, a lo largo de la Historia, no hemos tenido Portadores de Visión que nos hayan ayudado a cumplir nuestros sueños, pero que Teresa encontró en Jesús, a través de la oración de quietud, su mejor Portador de Visión, su mentor y su amado que le fue susurrando cómo tenía que hacer para llevar a cabo la reforma que acometió y atraer a su causa a nobles y aristócratas.
En este sentido, siempre estaré agradecida Pedro Mencía, antiguo director de la Villa del Libro de Urueña de Valladolid, cuyas aportaciones fueron esclarecedoras al afirmar que: "La alta sociedad española y europea debería ser cómplice para la fundación de "Casas Rurales en sintonía con la Ecología Espiritual", como lo fue en el S. XVI para las Fundaciones de Teresa de Ávila" y "Tu proyecto, tu casa rural, requiere un esfuerzo enorme, una Fe enorme en uno mismo para poder sacar adelante una idea y hacerla fructificar".
También tengo que decir que el libro de Clarissa Pinkola Estés, "Mujeres que corren con los lobos", contiene el arquetipo de la Mujer Salvaje, con el que me sentí tan identificada.
Mi misión es seguir ayudando a quienes no se pueden defender, sean animales o seres humanos. Seguir denunciando las injusticias. Seguir ayudando económicamente a amigos palestinos que están pasando por las calamidades en Gaza, seguir haciendo visibles las atrocidades que están haciendo a inocentes en Sudán o en el Congo, y seguir dando amor, cariño, calor y una casita confortable a los gatitos que he encontrado con disparos, abandonados y envenedados en las calles de Castronuño.
Soy feliz cuando veo a la gatita Peque hecha un ovillito en una camita calefactada y recuerdo los días de lluvia en los que el pobre animalito, con un calicivirus, sobrevivía en las calles de Castronuño. Ahora está conmigo a salvo. Tal y como deseé, cuando era niña, que aquel vagabundo que pasó a la intemperie la noche durmiera caliente en una habitación de la casa de mi abuela.
Como he sido una privilegiada, si me comparo con las calamidades del mundo, y mi padre me ayudó económicamente a rehabilitar la casa rural y la eco-tienda, mi obligación es devolver todo lo que me ha sido dado. Y poner voz a quienes no pueden hablar.
De esta forma, parte de los ingresos que genero con la casa rural y la venta de los libros, van destinados a ayudar económicamente a quien no se puede defender, sea animal o ser humano, y a seguir adelante con este proyecto.
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