
Jardín Al-Kauthar
JARDINES
1. El inicio de un viaje
Cuando publiqué El Dios de las Praderas Verdes y lo envié a una revista de Ecología Profunda, conocí a su director, que es musulmán. Ellos practican el sufismo, que es el misticismo del Islam, y me invitó un verano a ir a Granada.
Estuvimos paseando por el Albaicín y él estaba ayunando porque era el mes de Ramadán. Yo aún estaba tomando ansiolíticos tras volver de Nueva York y verme empujada a escribir El Dios de las Praderas Verdes para poner orden en el caos, nombrar las cosas del modo correcto y elaborar el trauma de no poder haberme quedado en Nueva York y verme de nuevo atrapada en Valladolid, en Castilla y León, en España.
2. El descubrimiento del Islam
La única noción que yo tenía del Islam era a través de los medios de comunicación y, por tanto, que los musulmanes y todos los árabes eran terroristas. Desconocía que el Corán hablara de Jesús y lo reconociera como el penúltimo profeta y que la Sura Ta-Ha contara el relato de Moisés frente al Faraón.
Quedé fascinada. De repente, un mundo nuevo se abría a mis pies.
Era una revelación. Un cambio. Un inicio.
3. Austeridad y riqueza interior
Durante nuestro paseo por el Albaicín habíamos entrado en una tetería y yo había comido pastelitos árabes y un batido de plátano mientras él miraba (traía bendiciones) y, por las calles, él me había hablado de la austeridad exterior de la Alhambra, que escondía riquezas por dentro.
Como las mujeres, que cubrían sus interiores engalanados.
Aquello no sólo era una revelación a nivel espiritual y místico, era también seductor.
4. El hammam
Yo estaba alojada en el hotel El Ladrón del Agua, al lado del Darro, y frente a la calle Santa Ana, donde está el Hammam Al-Ándalus. Él me llevó hasta esos baños árabes.
Mi amigo tenía la mirada clara por el ayuno. Se habían levantado a las cuatro de la mañana para el Suhur, la comida antes del Fajr, la oración de la madrugada. Habían estado en vigilia haciendo Taraweeh, la recitación nocturna del Corán en el mes de Ramadán.
Eran las tres de la tarde. Estábamos en la calle Santa Ana justo frente a la puerta del hammam. Él, con aquella mirada transparente por el ayuno, me dijo que entrara en los baños. Me miró. Hizo algo. Quizá con la mano. No lo sé. Pero pasó algo.
Después, me dejó allí y subió calle arriba a la Mezquita a seguir en oración con otros.
5. El agua como revelación
Yo entré en los baños. La luz tenue, los colores cálidos y el aroma a naranja-canela me envolvieron. El tacto del agua, las albercas, los masajes.
Salí renovada. Era el principio de un viaje iniciático.
Era memoria recuperada de tiempos remotos, de lo ancestral. Un retorno a lo primordial y lo perenne. Todo lo que estas sociedades, alejadas del reino espiritual, habían borrado de un zarpazo.
6. Ecología profunda e Islam verde
Por fin, encontraba mi ancla y mi conexión profunda que había perdido. Sentía lo mismo que sintieron los discípulos cuando Jesús se transfiguró ante ellos. Una paz y un sentido de pertenencia a un todo inexplicable.
Aquel retorno a lo esencial recibía el nombre de Ecología Profunda y, en el marco del Islam, Islam Verde. En el Islam Verde el hombre es el Khalifa al cuidado del planeta.
Fue a partir de entonces cuando conseguí librarme de la tiranía de los ansiolíticos que, por fin, desaparecieron de mi vida para no volver nunca más.
7. La Alhambra y el jardín andalusí
Después subí a la Alhambra. Era la primera vez. Iría más veces a Granada para tomar fotos de cada rincón; de la disposición de los canales, de las fuentes, de los tipos de árboles, de la ingeniería de los árabes de la época y de la combinación refinada de la vegetación y los materiales nobles.
Estudiaría la cultura del agua en el mundo islámico y el gusto por los perfumes del santo profeta, el huerto andalusí y las aromáticas. Y pedí asesoramiento a los jardineros de la Alhambra.
Descubría el jardín de deleites y placeres, el Paraíso Islámico, el reflejo del Paraíso en la Tierra.
Yo estaba también decidida a construir un pequeño paraíso en Castronuño, un jardín de deleites y placeres.
8. Los jardines como territorio de identidad
Y así fue cómo en el 2010 construimos el jardín de Al-Kauthar (“La Abundancia” en árabe). Un pequeño jardín con olivos, palmeras, aligustres, bojs, nísperos, rosales, magnolios, drácenas, cipreses y tres fuentes.
A los albañiles les había dicho que la pequeña construcción (lo que ahora es una pequeña librería con eco-tienda y pequeño obrador) tenía que ser sobria por fuera y exquisita por dentro.
Todos pusimos tanto entusiasmo en la construcción de este jardín y esta pequeña librería de cuento que nunca olvidaremos aquellos días. Como nunca olvidaré la tarde en la que el albañil hizo la inscripción La Ilaha Illa Allah Muhammad Rasul Allah grabó en la fuente que me inspiró la fuente piedra del hammam de Granada.
En el año 2016 viajé a Marrakech para ver las construcciones de barro del desierto. Estuvimos en Ait Ben Haddou y en la medina de Fez. Allí, en uno de sus riads, descubrí una fuente que servía de lavabo para el baño. Y decidí que quería hacer una réplica en el patio interior de la casa rural, y así lo hice.
En el 2017 e inspirada por el viaje al desierto de Marrakech, reformamos el suelo del patio anterior del actual jardín de Beautiful Alamedas y construimos otra fuente similar a una de una kasbah del desierto. Una en forma de arco blanco y unas yeserías como las de la Alhambra que hicieron maestros artesanos de Sevilla.
El año de la pandemia, el 2020, aproveché a seguir avanzando en la remodelación del jardín de Beautiful Alamedas y construimos la siguiente zona con canto rodado de Granada, olivos y otras dos fuentes; una similar a la del patio interior, con azulejo andalusí, y otra de mármol a ras de suelo como las fuentes de la Alhambra.
En el año 2022 seguí avanzando en la reforma del jardín y organizamos la posterior con cuatro naranjos, dos olivos y cuatro rincones de seto en torno a un centro, como en uno de los rincones del Generalife. Ese mismo año construimos una pequeña alberca en otro rincón del jardín con piedra natural y chorros, como un pequeño hammam exterior en sintonía con las fuentes y la cultura del agua.
Y, por fin, en 2024 arreglamos el paso al porche e hicimos una franja con baldosa de barro cocida y olambrillas, y lo mismo con los escalones de la sala de eventos.
Los jardines de Beautiful Alamedas y de Al-Kauthar no son unos cuantos árboles y fuentes planeados de forma lógica y racional. Son el resultado de un viaje que empezó cuando, en el año 1997, me vi obligada a exiliarme de Valladolid y España por ser rechazada y excluida en este entorno, regresar después en el año 2003, escribir El Dios de las Praderas Verdes para poder entender las instituciones y la sociedad de Castilla y León y poder entender que yo fui excluida por ser una mujer con espíritu femenino independiente, creativa y transformadora, y una mujer sensible, compasiva y analítica que cuestiona lo establecido.
Dediqué El Dios de las Praderas Verdes a Nevenka Fernández, conocí en el camino a Jacquelyn Strickland, que me informó sobre el rasgo y el don de ser sensible y otros muchos guías que me sacaron de la oscuridad de Castilla y León a la luz, a la luz de estos jardines que yo misma he construido y que son un símbolo y un territorio de identidad y pertenencia.



