
El origen de la escritura
Aún no me explico cómo escribí aquellos primeros capítulos de El Dios de las Praderas Verdes. A veces me pregunto por qué los situé en la reserva natural de Castronuño, aunque la respuesta es clara.
Recuerdo viéndome en la casa de mis padres de Valladolid escribiendo sobre el papel en blanco y recién llegada de Nueva York, tratando de asumir que ya no volvería más.
Nombrar la violencia invisible
Me encontraba de nuevo atrapada en ese Valladolid y en esa Castilla y León que me habían echado. Atrapada y sin salida. Tenía que poner orden en el caos y dar nombre a la violencia, esa violencia que no se ve, que es la asumida y cotidiana, esa violencia invisible pero eficaz. Tenía que identificar lo que había pasado y elaborar el trauma por medio de la escritura.
La infancia como territorio de comprensión
De aquel modo, decidí que necesitaba una perspectiva amplia para poder comprender. Y, así, me fui hasta la infancia, cuando era completamente feliz.
Recordaba cuando íbamos mi hermano Esteban (Salvador en la novela) y yo en bicicleta carretera de Toro abajo hacia San Román por las mañanas en los veranos.
La reserva natural de Castronuño
Había un punto en el que la carretera empezaba a serpentear y ante sí se abría el vergel de la reserva natural de Castronuño plagada de chopos, lianas, trepadoras, moreras, higueras, álamos y carrizal. Aquella exuberancia continuaba a lo largo de la carretera paralela al río.
El sol se reflejaba en su superficie. Parábamos a beber agua de la fuente en la encrucijada que lleva a Toro, a Castronuño o a San Román. Este sitio es el puente de la presa de San José y, en verano, tiene parterres de coloridas flores. Luego la carretera, después del puente, sigue hacia el monte de encinas.
El lugar de la felicidad
En aquel lugar yo era feliz. Era la niña que regaba con valentía los árboles frutales de la finca de mi padre. Y aquella reserva natural era hogar y santuario.
Artemisa y la Naturaleza indómita
Con el paso de los años y, tratando de comprender e investigando, he identificado a esta niña con la diosa Artemisa, la diosa de la caza y de la luna, la que recorría con sus ninfas los territorios no domesticados de la Naturaleza indómita, la que se enfada y suelta al jabalí de Caledonia cuando alguien ataca a otro vulnerable que no se puede defender.
Naturaleza como teofanía
Ese primer capítulo de El Dios de las Praderas Verdes y su último párrafo es una declaración de intenciones, identidad y territorio. No son sólo unas descripciones técnicas, prolijas y abundantes de la reserva.
Esa Naturaleza indómita, vista como una teofanía, es una manifestación de la divinidad donde viven la bondad, la empatía y la compasión.
La ruptura del vínculo
Años más tarde, cuando ya nos hicimos adolescentes, esa conexión con el territorio se truncó por el hostigamiento de otras adolescentes que envidiaban aquel mundo angelical.
El exilio y el regreso
Con 27 años y experiencias similares en Valladolid, tuve que exiliarme emocionalmente a Nueva York. Y, cuando regresé de Nueva York, de nuevo, a Valladolid, me vi otra vez atrapada en el Valladolid y la Castilla y León de siempre.
Fue, entonces, cuando, a vida o muerte, tuve que escribir El Dios de las Praderas Verdes.
Los arquetipos femeninos
En el año 2010, cuando ya había publicado el libro, Jacquelyn Strickland, que me había asesorado sobre el rasgo y el don de ser sensible, me indicó una serie de arquetipos para hacer frente a la violencia del entorno y, buceando por Google, encontré el libro de Jean Shinoda Bolen, Las Diosas de Cada Mujer, y el libro de Clarissa Pinkola Estés, Las Mujeres que corren con los Lobos.
Leer los primeros capítulos del Pinkola Estés fueron reveladores para concluir que lo que yo había hecho años atrás, al escribir los primeros capítulos que describen la reserva natural de Castronuño, era describir el arquetipo de la Mujer Salvaje.
La Mujer Salvaje y la identidad
Sonreí cuando leí que “Los truenos y los relámpagos eran su principal alimento. Por la noche los maizales crujían y hablaban en voz alta. Prefería la tierra, los árboles y las cuevas, pues sentía que en aquellos lugares podía apoyarme contra la mejilla de Dios”.
Tuve una comprensión profunda del rechazo que yo había sufrido en Castilla y León cuando leí que las mujeres que llevan en su psique el arquetipo de la Mujer Salvaje han sido el blanco de aquéllos que no sólo quisieran limpiar la selva sino también el territorio salvaje de la psique.
Naturaleza, santuario y tránsito
Sólo me hizo falta leer estos párrafos y unos pocos más para darme cuenta de que lo que yo había hecho, sin saberlo, al describir la reserva natural de Castronuño en esos primeros capítulos de El Dios de las Praderas Verdes, era la declaración de identidad de una Mujer Salvaje que estaba reclamando su lugar en el mundo.
La reserva natural de Castronuño puede verse objetivamente como un ecosistema a analizar por científicos y estudiosos.
En mi mundo es un santuario, un hogar y un lugar de tránsito.



