Nueva edición de "El Dios de las Praderas Verdes"
Ayer hablaba con una amiga marroquí originaria del desierto. Es bereber. Los bereber son un pueblo tranquilo y pacífico. Ella tiene un corazón puro como un diamante. Es abierta y sonriente. Es ingenua y desea el bien a todos.
Sus propias compatriotas le han puesto ya dos denuncias falsas. Le han amenazado con llevarla a la cárcel y quitarle la custodia de sus niñas. Y yo le pregunto, ¿y qué razones argumentan para querer hacer todo éso?
La respuesta es el silencio porque no hay razón para querer destruir a otra persona. "Porque soy bereber", me dice. "Me han arrastrado hasta un juez y yo no soy una persona de pleitos, porque no es mi mundo".
"Mi padre hacía el bien y curaba", "ahora está todo al revés, los malos ganan y los buenos pierden, ya no hay bondad en el mundo".
Me alegré oír ésto porque cuando empecé a escribir "El Dios de las Praderas Verdes" empezaron a brotar, de forma auténtica, las palabras de los primeros capítulos: "Era el Dios de la Inocencia, de los Primeros Tiempos, de los Tiempos Primordiales...". Me preguntaba dónde había quedado toda esa felicidad cuando, de niña, iba con mi hermano Esteban en bicicleta por la carretera de San Román.
Y con los "Primeros Tiempos" y los "Tiempos Primordiales" me refiero a ese océano de amor que no existe en este plano terrenal y del que, sin embargo, guardamos el reflejo en nuestra inconsciencia como un recuerdo lejano. Es el estado que han descrito los sabios y los místicos. Ellos han estado allí.
Es el estado de la Inocencia y de la pureza del alma humana. Es a lo que se refiere mi amiga cuando dice que todo eso ya no existe porque parece que la maldad inunda el mundo.
Quería arrancar con esta reflexión porque fue lo que me pregunté cuando llegué de Nueva York. Tenía que aclarar ideas, desmontar mentiras, y sacar a la luz las verdades que el statu quo se había guardado.
¿Dónde estaba Dios? era la pregunta fundamental cuando vine de Nueva York. Porque, claramente, el Dios que me había enseñado la Iglesia Católica no era el de mi corazón.
Siempre he pensado que todo lo que me habían contado en Castilla y León era una gran mentira. A nivel religioso e intelectual. Una realidad construida sobre la cultura del abuso, pero no desde el amor. Habían estafado mi inocencia.
La portada inicial de la primera edición era la imagen luminosa del río y los carrizos en la reserva natural de Castronuño, y constituía una expresión de la divinidad, de ese "Dios de las Praderas Verdes". La segunda portada ha consistido en una alfombra verde que recorre una de las calles de Nueva York. Ambas portadas están bien, pero no reflejan la realidad de lo que representa el contenido del escrito , que no es, ni más ni menos, que mi propio desafío al brutal statu quo castellano-leonés y español, que persigue la naturaleza femenina instintiva y que se sigue sustentando en la cultura del abuso menospreciando el amor y la compasión.
Tenía esa foto mía de hace unos años. Tiene un gesto que refleja parte de mi personalidad de mujer indomable y fuera del control del patriarcado que no se ha dejado domesticar por lo establecido.
Ha llegado la hora de difundir este escrito único lleno de autenticidad con el que conecta un gran parte de la sociedad. Ha llegado la hora de hablar de una verdad que sentimos muchos y que no está en el discurso habitual.
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