En la novela, Nueva York (Tercera Parte del libro) toma el valor de un símbolo y representa el escenario donde Victoria, como adulta, puede desarrollarse con plenitud, y donde la diferencia y los diferentes son aceptados y premiados.
Nueva York es el espacio donde la energía se mueve a gran velocidad; la gente está dispuesta a colaborar entre sí y la ausencia de prejuicios y complejos se sustituye por un dinamismo arrollador que provoca infinitas propuestas de todo tipo; variedad, alegría, movimiento, flujo, estado naciente.
"El estado naciente ha sido creado (en Nueva York) y en él los individuos son capaces de unir fuerzas con otros y crear una colectividad nueva con niveles altos de solidaridad" (Francesco Alberoni).
Nueva York es la energía positiva; la vida que se vive y que se deja vivir.
Para un superdotado, un ambiente de multiculturalidad y dinámico con ausencia de dogmas y flexible está lleno de estímulos, y es en un entorno así en el que puede encontrar el reto intelectual para desarrollar con plenitud sus capacidades y talentos.
Es en un entorno sin estímulos y empobrecido donde un superdotado puede verse aislado. "El Dios de las Praderas Verdes" cuenta, por primera vez y como no se había hecho nunca, la violencia que los individuos más dotados sufren por parte del resto en Castilla y León, y la envidia mortal que las chicas adolescentes sienten hacia la belleza física y espiritual de otras más dotadas, y cómo los psiquiatras tratan este problema grave abordándolo desde sus perspectivas patriarcales tratando a las mujeres como si fueran idiotas, inferiores y desequilibradas. Esta grave situación lleva a las mujeres más dotadas en Castilla y León a hacerlas creer que son unas enfermas en vez de que la sociedad tuviera la capacidad de absorver sus talentos y habilidades.

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