Restauración, política clientelar, caciquismo y turno pacífico
La Restauración es el período de la historia de España comprendido entre la reimplantación de la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII en 1875, surgido de la conspiración cívico-militar dirigida por Antonio Cánovas del Castillo y culminada con el pronunciamiento de Sagunto y el golpe de estado de Primo de Rivera en 1923 que puso fin al sistema creado por Cánovas del Castillo.
El objetivo fundamental de Cánovas fue implantar un sistema en el que cupiese el mayor número de opciones políticas con total libertad de acción, mientras que no cuestionase la monarquía y el parlamentarismo.
Se aprobó la Constitución de 1876 y Cánovas estableció el turno pacífico con el que se creó una apariencia de democracia y se ponía fin a la inestabilidad política de las etapas anteriores.
Se implanta un sistema liberal tradicional y no revolucionario sostenido por la monarquía como elemento moderador y en el que los dos grandes partidos, liberal y conservador, se alternaban en el poder, pero ambos se asentaron en el caciquismo y la manipulación electoral.
El caciquismo es un entramado de relaciones clientelares que definen el régimen político de la Restauración en el que se manipularon las elecciones generales de forma fraudulenta.
El caciquismo son relaciones de poder entre desiguales como patronazgos, clientelismos, paternalismos y dependencias, es decir, favores y castigos; agradecimientos y maldiciones.
En la relación patrón/cliente un individuo de mayor status usa sus recursos e influencias para proveer protección y beneficios a una persona de menor status.
El turno pacífico es un sistema de alternancia bipartidista y que fue uno de los elementos fundamentales del sistema político de la Restauración borbónica en España. En el mismo alternaban en el gobierno los dos partidos dinásticos a través del fraude electoral, de forma que quien convocaba las elecciones siempre las ganaba.
El objetivo era acabar con el intervencionismo militar en la política.
Los partidos no eran organizaciones con apoyo generalizado de la población y motivados por cuestiones ideológicas, sino "partidos de notables" que integraban en sus filas a un puñado de personajes con influencia propia.
En España fue imposible transitar a una democracia moderna porque pervivían formas de vida arcaicas cerradas a innovaciones. Los resultados electorales expresaban la voluntad de la oligarquía.
En función de los acuerdos a los que llegasen los partidos dinásticos a los votantes se les presionaba en un sentido u otro.
La función de las elecciones era legitimar el acceso al gobierno del partido al que la Corona había otorgado la confianza.
La modernización que suponía un sistema político liberal no se correspondían con un desarrollo paralelo de las actitudes mentales de la sociedad.
Se implanta un sistema político liberal en una sociedad en la que perviven concepciones mentales propias del Antiguo Régimen que facilitan la sumisión a las autoridades que se consideran naturales dentro de la comunidad.
Y, como aparecen nuevos grupos dirigentes imbuidos de un sentimiento de superioridad respecto al conjunto de la población que les hacía verse como más capacitados para gestionar los asuntos públicos, el resto de la sociedad se somete a ellos.
Y cuando estos grupos controlaron los medios de producción pudieron controlar y falsear la voluntad popular.