La novela aborda un tema que es aún tabú en España y es el acoso que las mujeres bellas y atractivas sufren por otras mujeres.
En el suconsciente social, en el imaginario colectivo hay una idea de que una mujer que es bella debe pagar el hecho de ser bella. "El hecho de que tú seas bella y no yo me está recordando constantemente mi realidad y esta realidad, que es intrínsecamente injusta yo la tengo que reparar de algún modo".
Este desnivel y esta inferioridad es la que experimenta Regina en el capítulo V de la primera parte, "la punzada de la envidia", que desencadena toda la acción y determina, en parte, el destino de Victoria.
Este acoso brutal y salvaje que experimenta Victoria por parte de otras adolescentes enrabietadas y envenenadas por la envidia es el que se cuenta de forma magistral en la primera parte del libro.
Las consecuencias de un acoso brutal como el que sufre Victoria están ya tratadas en muchos libros sobre acoso moral, como son la parálisis de la víctima, y, sobretodo, una idea que le lleva a la víctima durante años de su vida a pensar que "ha sido ella la culpable del acoso".
Cuando un buen acosador, como es Regina, un caso paradigmático de adolescente camorrista y psicópata, acosa a alguien alegre, inocente y sano, como es Victoria, la víctima tiende a sentirse culpable ya que todas las frases y comentarios destructivos y paulatinos van liderados a apuntar en la víctima que es ella la responsable de ser sana, bella, alegre y dotada.
Las consecuencias son que la persona que ha sido acosada, es decir, aterrorizada por una mafiosa como Regina (para ser camorrista no hace falta vivir en Sicilia, puede ser su vecino de enfrente, su compañero del trabajo, o su jefe), exactamente en los mismos términos que en un caso de un atentado terrorista, como decía, la persona que ha sido acosada va air posteriormente relacionándose con el resto pensando que "hay algo en ella que es erróneo, que es culpable, que es mala persona, quizá egoista, que no ha sabido llegar a las expectativas que la acosadora (Regina, en el caso de la novela) impone -la rabia y la envidia mortal que Regina siente hacia Victoria-, "que no se porta bien con el resto", que hay algo en la víctima que falla y que por ese motivo la acosadora es libre de hacerla ver lo erróneo que hay en ella, de rechazarla, de hacerla el vacío, de despreciarla en público, de pretender quitar el novio a la víctima y de hacerle la vida imposible; son todo este tipo de comportamientos los que salen de una loca y desequilibrada acosadora como es Regina.
Las consecuencias son que una víctima de acoso va a relacionarse con los demás en condiciones de inferioridad porque piensa que hay algo erróneo en ella.
Y esto determina que se relacione con el resto desde una posición de vulnerabilidad en la que "no tenga capacidad de reclamar sus derechos más básicos" ya que estos derechos se los quitó el acosador durante el proceso del acoso.
Esto implica que no pueda ejercer el mejor derecho sobre un precio cuando va a llevar a cabo una venta, que no pueda elegir la mejor pareja, o que se aisle socialmente porque no puede ejercer sus derechos más básicos para establecer sus propias condiciones, poner límites a la gente porque piensa que ejercer sus derechos "tendrá consecuencias".
La única forma de reprocesar una agresión tan brutal como la que sufre Victoria es tomar consciencia de que el acosador o acosadora es una persona completamente desequilibrada, con una gran capacidad de fingimiento y con una apariencia de completa armonía e integridad espiritual, cuando lo que hay tras esa forma humana no es más que un demonio peligroso para que otro espíritu realmente bello pueda ser feliz en la Tierra.
La familia debe ser consciente de lo que la víctima ha sufrido y hacerle ver que está protegida.
Los envidiosos deberían analizar las consecuencias que sus acciones tienen, que son devastadores para los demás y para ellos mismos, ya quien cava una tumba para su vecino la está cavando también para sí mismo.
Construir la vida propia y llevar a cabo la misión personal es la mejor receta para que el envidioso se deje de consumir por el fuego de la envidia.
Como dice Francesco Alberoni, el mejor remedio para el envidioso es emular y copiar lo que hace el envidiado y no tratar de destruirle, que al fin de cuentas es preocuparse de sí mismo y no estar pendiente de los otros.
Es en un entorno sin estímulos y empobrecido donde un superdotado puede verse aislado. "El Dios de las Praderas Verdes" cuenta, por primera vez y como no se había hecho nunca, la violencia que los individuos más dotados sufren por parte del resto en Castilla y León, y la envidia mortal que las chicas adolescentes sienten hacia la belleza física y espiritual de otras más dotadas, y cómo los psiquiatras tratan este problema grave abordándolo desde sus perspectivas patriarcales tratando a las mujeres como si fueran idiotas, inferiores y desequilibradas. Esta grave situación lleva a las mujeres más dotadas en Castilla y León a hacerlas creer que son unas enfermas en vez de que la sociedad tuviera la capacidad de absorver sus talentos y habilidades.
El acoso grupal hacia quien es diferente; más creativo, más espiritual y, para desgracia de Victoria, más bello físicamente, repercute con mayor intensidad en una Persona Altamente Sensible.
“En la mente del duende había imágenes sueltas; la manga de Regina y los pelillos de sus brazos; sus pulseras de oro bailando en la muñeca; su dedo con la uña rectangular que la apuntaba; la campanilla, que había visto al fondo de la garganta; y aquellos ojos que la habían acusado altivos. Había sentido una honda y abrumadora emoción de vergüenza. El resto había callado; había mirado; y, finalmente, se había reído. Allí había sucedido Todo y Nada. Y no sucedió nada porque nadie se levantó y dijo que aquello no se podía tolerar. Y pasó Todo porque ella, de algún modo, estaba desapareciendo. De los brazos de Victoria estaban arrebatando a la Tomboy. Habían asestado una puñalada por la espalda a la Mujer Salvaje. Raptaron a la Diosa y la amordazaron. Y, de Victoria, quedó un pequeño duendecillo asustado”.
(Capítulo 15, “El Rapto de la Tomboy”, de la Primera Parte “El Dios de las Praderas Verdes”).
Victoria se sume en la culpa, en un estado grave de confusión y ansiedad que la desconectan de su propio ser privándola del momento presente… privándola, a fin de cuentas, del estado de idilio, de su Dios interno… de El Dios de las Praderas Verdes.
“Respeto No; Miedo Sí.
Le venía muy grande al duende todo aquello. Se quedó mudo.
Ajeno a lo que sucedía arriba, en el puente, un cormorán se posó en un islote de arena detrás de las compuertas y extendió las alas para secarlas.
El río estaba en silencio. Parecía asustado, bajo los carrizos. Agazapado como un conejillo ante los pasos de un cazador. Temeroso, una vez más, de sentir el odio humano. Tantas veces le habían hecho ver lo que no había querido… a la fuerza le habían mostrado el teatral espectáculo de aquella absurda raza humana, que alborotaba sus aguas tranquilas.
Algunas hojas, ya amarillas, rodaron por el rugoso asfalto y, llevadas por el viento, sonaron como papel pinocho. Se oyó, a lo lejos, pasar un tren. Y luego, dos camiones muy grandes atravesaron el puente y una mariposa oscura que, revoloteando, les seguía.
Dos milanos cruzaron el cielo azul y algunas nubes alargadas fueron apareciendo para señalar que el viento continuaría los próximos días.
Victoria condujo despacio por la carretera hacia el pueblo. Miró hacia el río y los carrizales espesos y verdes donde miles de ranas croaban al anochecer.
Donde dormía el Dios de las Praderas Verdes.
El Dios de las Praderas Verdes desapareció en aquel momento…
… y tardaría muchos años en volver”.
(Capítulo 34 “El Final” de la Primera Parte “El Dios de las Praderas Verdes”).

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