..."Con la agenda cerrada y la imagen de la Virgen perdida en el horizonte, pensaba qué podría hacer para quitarse de encima la Bendición y salir sin ser vista. Hacer el examen de conciencia con tranquilidad en alguno de los bancos era una buena opción. No lo sería para Patricia. Que empezaría a cebarse con La Tonta; porque era un desastre; porque así no avanzaría en su vida interior, ni en gracia de Dios, ni en visión sobrenatural. Y todo acompañado con el tono de "eres una perdida y no tienes solución". Patricia por encima. El duende por los suelos. Y sus típicos movimientos de cabeza de un lado para otro como si negara, más las miradas de desprecio y lástima. Pobre duende. También llegarían coletillas de "así no llegamos a ningún sitio" o "eres un desastre". Pensaba Victoria que qué bueno sería si pudiera acceder sólo a las meditaciones y a los oratorios de los centros y descansar allí su mente. Reposar su cabecita en los brazos silenciosos del Señor y dejarse mecer en su regazo. Allí, a salvo de lo que “afuera” sucedía. Si no le hubieran estafado la inocencia aquellos impostores, sabría, con diecinueve años, que aquella paz la podría encontrar fuera del redil católico sin tener que acudir a la estampa del Hijo Pródigo de Rembrandt una y otra vez".
Párrafo extraído del Capítulo 31 "Imaginaciones" de la Primera Parte "El Dios de las Praderas Verdes"

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