"El día que Vicente dijo a Victoria que se empleaba con la misma paciencia para desbravar a una mujer que a un caballo, Victoria le escuchó pensando que estaba pasando el rato con un idiota muy divertido. Era, sin embargo, lo que su padre, desde niño, le había enseñado. Él sabía lo que decía. Y, además, estaba en lo cierto. Sabía que los caballos, como las mujeres, eran animales Altamente Sensibles. Eran tan sensibles a las caricias como a los castigos. Y que, además, a cada uno se le debía dispensar un trato diferenciado. Unos caballos aceptaban mejor el bocado que otros y, por ello, cuanto más sensible fuese un caballo, más delicada sería su embocadura.
Sin embargo, a juicio de Vicente y acorde a su empobrecido vocabulario, Victoria era una «caliente» que se acostaba antes de ir al matrimonio. Además, tenía estudios, escribía, tocaba la guitarra, jugaba al tenis y hablaba francés. Parecía que podía volar de él cuando ella lo decidiese.
Ni de lejos, en su rudimentaria concepción de la Existencia, Vicente habría sido capaz de plantearse el Universo de La Mujer como Representación de la Sensibilidad en la Tierra y en el Universo. Le habían enseñado que a las mujeres (que, según sus palabras, “se iban con su madre después de un desengaño amoroso”), se las podía domesticar con un sistema de recompensas y castigos y lograr que fueran hábiles, dóciles y obedientes. Y, conseguir aquello con Victoria, parecía imposible. Pero en aquello, precisamente, consistía el reto".
"Sensibilidad equina", capítulo Tercero
Segunda Parte, "Castilla y León"
